Como nosotros éramos pobres. Mi madre, descendente de poloneses, se llamaba Dalka. Cocinaba en una pensión en la Calle del Riachuelo, en el Centro de Rio de Janeiro. Llegaba su hora de andarse, ella corría a tomar tranvías para llegar lo más rápido que pudiese en casa, en el Ingenio de la Reina. Ella quería verme, la señora, cuidar a mí con todo esmero posible. (Es mi tesoro, mi razón de vivir). A veces, solamente yo, el escogido, comía carne y sorbía el jugo de las frutas – mis padres esperaban en mí por días mejores.
Señor Oscar era empleado subordinado en una empresa de ingeniería, ganaba poco y se agotaba en demasía. El nieto del Barón, el dueño del negocio, era voluntarioso y arrogante - menospreciaba aquéllos que consideraba menores, la gente. (Anda, animal, ¿no ya te pedí el café?) Nada de estallar en casa, nunca – el Señor Oscar implodia, envenenando el bazo, el hígado, el corazón, para ser el padre amoroso y el esposo dedicado que era.
Siempre que podía, traía a mí un saquillo con caramelos de coco de una baiana de lo Largo de la Carioca. Por ellas, agradecía con fuerte abrazo.
Me recuerdo en este instante de los hartos bigotes negros de mi padre y de los ojos iluminados en azul de mi madre. Que bueno si ya estuviesen aquí a mi lado, hoy, me cariciando con el perdón por haber deseado vivir más.
Crecí, así, rodeado por cuidados y mimos inusuales para niños de mi condición. Tuve en casa, desde chiquitín, maestras de ciencias matemáticas, filosofía y gramática. En los descansos, mis padres retribuían los favores organizando almuerzos y cenas en la casa de las señoras. Mi madre no contó con la suerte de haber sido descubierta como gran cocinera. Mi padre, asimismo, habría sido un administrador de valor.
Para alegría plena de mis padres, pasé para el antiguo Colegio Pedro II, donde concluí mis estudios en la mocedad. ¿Buen alumno? ¡Qué nada! Estudiaba el suficiente para pasar. Y más: me gustaban las gacetas, de los paseos por el Flamengo, de admirar el footing en la recién-inaugurada Cinelândia.
- Usted, José Fortunato, hay de ser alguien. Dios, Nuestro Señor, así permita.
Mi padre dio un suspiro bien fuerte y murió. Yo tenía diecinueve años; el Señor Oscar, 46. En cinco meses, el corazón fue debilitando – un árbol, que ya no era muy frondosa, perdía savia y resecaba. No quería haber visto aquello, lo creía aún joven, el su semblante parecía lo mismo que me llenaba con caramelos de coco. Sentía por la primera vez la pesada e injusta mano de la muerte. Señora Dalka gritó, casi enloqueció, bien ella que cuidó a amar aquel hombre siempre en silencio. Durante el luto, apenas pude reconocerla: ella no podía verme ni a nadie.
Los patrones de mi padre ni a la misa de pésames fueron. Restó a mí y mi madre la casa en el Ingenio de la Reina. Yo tenía que trabajar; más de lo que ayudar Señora Dalka, quisiera mismo sostenerla con el mínimo de confort que merecía. Pero eso tardó a acontecer.